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Sandra López, artesana y miembro del pueblo Qom


Comenzando con los testimonios de la campaña Ver para Crecer, presentamos a Sandra López, miembro de los pueblos originarios de Argentina.


Mi nombre es Sandra López, creo que en realidad tenía otro nombre, pero por cuestiones «culturales» no fue aceptado en el registro civil y mis padres optaron por ese nombre. En fin, pertenezco al pueblo Qom, más conocido en la historia como tobas. Nací en la provincia del Chaco, Argentina, a orillas del Río Bermejito. Pero mis padres y abuelos tuvieron que abandonar el territorio cuando fueron desalojados por no tener «títulos de propiedad», cosa que jamás se conoció en un pueblo originario, donde todo es de todos.

Hoy en día, después de tantas luchas en la provincia de Buenos Aires, mis padres lograron un espacio comunitario, una comunidad compuesta por más de 70 familias. Yo tengo una mini familia, un gran compañero y una hermosa niña que llegó cuando ya ni pensaba que sería posible. Ambos nos dedicamos a la elaboración de artesanías en cerámica, no solo como medio de sustento, sino también como forma de intercambio cultural y como una manera de mantener viva esta parte de nuestra cultura.

Durante mi vida no recuerdo haber experimentado en lo personal momentos de discriminación. Será porque mi papá nos enseñó desde niños a ignorarla, siendo ágiles, pero no para pelear, sino para saber esquivar y seguir nuestro camino. No nos gastábamos en malos momentos. Sí lo he pasado junto a personas que amo con el alma, por ejemplo mi abuela materna. En el Chaco existen muchas falencias dentro del sistema, lo burocrático o como quieran llamarlo. Siempre vi situaciones en las que muestran las bajezas humanas, por falta de conocimiento, por desinterés, por falta de información o simplemente porque no les interesa conocer un poco de otra cultura y entender así que lo que es «normal» para uno puede resultar extraño o difícil de entender para otros. Mis abuelos estuvieron mucho tiempo alejados de los centros urbanos hasta que nosotros, sus nietos, les hicimos entender que tenían derechos, no sólo como parte de un pueblo originario sino como simples personas. Así, con idas y vueltas, con gente que los miraba mal y raro y no les tenían paciencia a nuestros ancianos (que para nosotros son lo más importante), logramos sus jubilaciones, sus títulos comunitarios y demás cuestiones protocolares para poder seguir viviendo.

No perdamos la inocencia de un niño a la hora de acariciar, abrazar a otra persona que sabemos que lo necesita, sin distinguir «colores».

Yo no creo que los pueblos originarios tengamos la solución a todos los problemas sociales. Lo que sí entiendo es que nuestros mayores nos viven enseñando que el respeto, el escuchar al otro, el comprender, el convivir con uno «diferente» no tiene que ser un caos social. Nadie tiene la cara que nos mida cuán errados podemos estar; sí se puede entender o por lo menos juntos buscar una salida para un mejor vivir. Desde siempre escuché a mis abuelos y padres soñar con un futuro mejor, y no se refieren a lo económico, sino a lo social, a lo espiritual, a los ciclos naturales, al respeto social… A la convivencia intercultural.

Me encantaría poder transmitir un ideal de sociedad, un sueño, un anhelo de felicidad mundial. Pero luego caigo… y entiendo que aún eso sigue intacto en mi interior, en mi mente y en mi espíritu. El tema es practicarlo día a día. Que no seamos mediocres a la hora de escuchar, que no seamos infantiles a la hora de tomar decisiones que afecten al entorno, que no perdamos la inocencia de un niño a la hora de acariciar, abrazar a otra persona que sabemos que lo necesita o lo necesitamos sin distinguir «colores», que sepamos entender que no siempre un punto de vista es el correcto, que a veces no solo importan nuestros intereses sino aprender a poner en lo alto lo colectivo, lo comunitario. Estoy convencida que solo así podremos caminar hacia una sociedad más justa, a un sueño compartido, a una sociedad pluricultural.


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