Veamos para poder crecer.
Crezcamos, para volver a pertenecer.

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Los miembros del pueblo zulú, de Sudáfrica, se saludan con la palabra Sawubona, que significa “Te veo” o “Te vemos”, y que incluye, como sentido más hondo, la idea de “Yo soy porque tú eres”. En la cultura india y nepalí, la palabra Namasté (acompañada con una inclinación y las manos unidas frente al pecho) comunica: “Te reverencio”. Las oraciones de los Sioux (habitantes originarios de las grandes praderas de Norteamérica) cierran con la frase Mitakuye oyasin: “Todos somos familia”.

Las religiones, las tradiciones de sabiduría y las filosofías más antiguas de las que tenemos noticia brotan de esta misma intuición: la de componer una gran trama misteriosa y vibrante, en la que cada integrante contribuye una nota esencial. La pertenencia mutua es la argamasa que ha sostenido a nuestras comunidades desde el inicio, y la que nos sostiene todavía.

No obstante, esta argamasa tiene una contracara: el sentimiento de pertenencia tiende a extenderse a quienes se perciben como parte del propio colectivo. Hoy no vivimos en pequeñas tribus ni necesitamos distinguirnos del clan rival, pero esta herencia evolutiva subsiste en el rechazo de quienes vemos como “diferentes”, sea por el color de piel, el género, el cuerpo, la condición social, la religión, la nacionalidad, las creencias, la elección sexual, las capacidades, las preferencias.

Nadie está exento de ceder a este impulso, ya que habita en nuestro inconsciente (incluso quienes pertenecen a grupos excluidos pueden, sin advertirlo, excluir). Y nadie está exento de sufrirlo.

La exclusión es una forma del rechazo. Y el rechazo es un dolor que todos conocemos. Hoy sabemos que el impacto del rechazo se registra en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico, y muchas veces con la misma intensidad. Según muestran estudios, este dolor se expresa aun cuando quienes manifiestan el rechazo son extraños, o hasta representantes de grupos hostiles a quien lo recibe.

En la exclusión social se discrimina a alguien sobre la base de su pertenencia, real o percibida, a un grupo. Esa mirada o juicio no solo estigmatiza, sino que le roba a la persona su condición de individuo, reduciéndolo a una categoría.

Los seres humanos somos criaturas sociales hasta la médula, y en nuestro pasado remoto, ser rechazados equivalía a morir. Miles de años de evolución no han logrado borrar este registro de nuestra psiquis.

En la exclusión social, se suma un agravante: se discrimina a alguien no por una característica personal, sino sobre la base de su pertenencia, real o percibida, a un grupo. Esa mirada o juicio no solo estigmatiza, sino que le roba a la persona su condición de individuo, reduciéndolo a una categoría.

El prejuicio y la marginación se expresan en una amplia gama de gestos, dichos y acciones: desde actos sutiles de exclusión (cuyas consecuencias no son sutiles en absoluto) hasta actos de barbarie, como el asesinato de George Floyd en manos de un policía en mayo de este año, en EE.UU., o el brutal ataque policial a cuatro jóvenes de la comunidad Qom, en el Chaco argentino, un mes más tarde.

Estas atrocidades generan una enorme impotencia. ¿Por dónde empezar a desarmar los sistemas de poder que permiten tales agravios, tan arraigados en nuestra historia y en nuestra psiquis colectiva?

Protestar. Denunciar a viva voz. Exigir a los organismos a cargo que tomen las medidas necesarias. Y también ir un paso más allá y visibilizar los mecanismos profundos que sostienen y propagan la discriminación, incluso en nosotros mismos. No es tarea fácil pero ¿cuál es la opción? Si nos limitamos a horrorizarnos con estos sucesos sin hacer nada, caemos en la trampa de la que advirtió Desmond Tutu, militante anti-apartheid y ex Arzobispo de Sudáfrica: “Si permaneces neutral en una situación de injusticia, elegiste el lado del opresor”.

Esta campaña tiene la humilde intención de empezar a desmantelar el prejuicio, empezando por quienes la llevamos adelante, a través de un abanico de propuestas. Entre ellas:


Testimonios de personas que han sufrido y sufren discriminación a diario por sus cuerpos, sus circunstancias, sus cualidades, sus elecciones.


Exploración de conceptos clave, como el de Actos sutiles de exclusión, Actos intencionales de inclusión, y todos los supuestos de los que participamos sin advertirlo.


Datos y preguntas para ayudarnos a reflexionar, y a decidir más conscientemente nuestras acciones.


Llamados concretos a la acción, para ser protagonistas de un cambio necesario.

Te invitamos a sumarte a esta campaña. ¿De qué modo? Aportando testimonios, ofreciendo tus servicios a las organizaciones cuyo trabajo destacaremos, proponiendo ideas que ayuden a esclarecer y, sobre todo, difundiendo las publicaciones, para que cada día seamos más los que nos cuestionamos, y más los que buscamos activamente un camino mejor.

Cada vez que marginamos a alguien por prejuicio, sea por acción u omisión, consciente o inconsciente, no solo exiliamos a esa persona de la gran familia; en el mismo acto, nos exiliamos a nosotros mismos.

Solo lograremos desarmar el prejuicio –el propio, el de todos– mirando a los ojos a quien tenemos delante, honrándolo en sus diferencias, y luego viendo más allá, a la común humanidad que nos vuelve a emparentar. El prejuicio es hijo de la ignorancia. La pertenencia es hija del amor.

Veamos para poder crecer. Crezcamos, para volver a pertenecer.
¡Te damos la bienvenida!