Los dos hijos

Hugo Mujica
La parábola del hijo pródigo marca el contraste entre quien confía en sus propios méritos y quien reconociendo su nada confía en Dios.


Del evangelio de Lucas (15, 1-3. 11-32)
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!’. Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso. Él le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.

Unas pocas algarrobas y el hijo pródigo hubiese saciado su hambre.
Unas pocas algarrobas y el hijo pródigo no hubiese regresado a su hogar.

El salario de un jornalero de su padre le hubiera bastado como paga,
le hubiese bastado para llamar a su padre patrón y no padre.

Así lo ayudó Dios: le negó lo poco para darle lo mucho,
le negó migajas para sentarlo a su mesa,
le negó unas monedas para regalarse él.

No quedándole nada fuera,
el hijo menor entró dentro de sí mismo;
no teniendo ya nada, tampoco tenía nada qué perder,
nada a lo que aferrarse, nada con lo que calcular.

Tomó su nada y la llevó a aquél que lo es todo,
a Dios, que desde la nada nos creó.

Otros guardan para sí su triunfo y pierden su vida en el reino.
Este hombre ofrece su fracaso, y en eso recibe la vida.

Cuando no pudo contar con nada propio,
comenzó a contar con su padre, a contar con Dios.

No se trató de triunfar sino de confiar,
no se trató de tener sino de recibir,
se trató de contar con la gratuidad de Dios,
de Dios que comienza siempre otra vez,
que cada vez vuelve a comenzar.

El padre lo espera, lo ve en medio del camino,
del camino donde no había sacado los ojos desde que se había ido.
El padre no pregunta ni juzga: acoge.
No habla, obra: reviste al hijo con las vestimentas con que el Apocalipsis nos habla de los triunfadores,
los que alcanzan el reino celestial.

La reconciliación se celebra, la comunión se restaura,
estalla la fiesta.

Pero el padre no puede gozarla;
el padre sabe que hay otro hijo pródigo,
el que se alejó sin haberse ido,
el que por no alejarse nunca estuvo cerca.

Al pródigo, el pecado lo había llevado al arrepentimiento,
a necesitar del otro para seguir viviendo.
Al hijo mayor su virtud lo lleva al endurecimiento,
lo lleva al fin a quedar fuera de la fiesta,
fuera de la comunión,
a creer que puede reclamar, a creer que no necesita pedir,
que tiene derecho a juzgar.

El mayor había permanecido con los pies en el campo del padre,
pero con los ojos sobre sí mismo.
El hijo mayor era obediente, trabajador,
cumplía los preceptos, obedecía la autoridad,
cumplía la ley: todo lo hacía él.

El padre escucha los reproches del hijo mayor,
contra él mismo y contra el menor;
los reclamos de quien se cree justo y cree merecer,
pero tampoco lo juzga a él, como no juzgó al hijo pródigo.

El pródigo se juzgó a sí mismo,
conoció su miseria y el padre lo enriqueció.
El mayor no se juzga a sí mismo,
juzga a su hermano y con la vara que mide se divide del padre, del hermano, de sí mismo.

El mayor no era ni frío ni caliente,
ni las bellotas de los cerdos ni el banquete del padre,
ni se había alejado del padre ni había entrado en sí mismo:
era tibio, era lo que solemos ser.

La parábola no nos dice sí el hijo mayor escucha al padre y entra a la fiesta,
o si sigue allí: frente y enfrentado al padre
reclamando por una justicia sin misericordia,
si sigue allí, afuera, a la puerta del banquete,
fuera de la comunión.

Solo sabemos lo que la parábola nos afirma hasta el final:
es Dios quien busca al hombre,
el padre es quien busca y espera, el padre que no juzga,
el padre que calla…
el padre que espera nuestro regreso,
que sigue esperando nuestra conversión.

El hijo mayor vive en cada uno de nosotros;
es la parte de cada uno que aún no volvió a Dios:
la que aún no abrazó al hermano,
la que aún no pidió perdón.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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