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El amor de Dios en tiempos de poda

Diagnosticada con Esclerosis Lateral Amiotrófica, la autora reflexiona acerca de la presencia del Amor aún en las circunstancias más difíciles.



¿Podemos sentirnos agradecidos en momentos de crisis? La clave está en aceptarlo todo, lo próspero y lo adverso, como un don. ¿Y cómo puede ser la adversidad un don? “El don dentro de cada don es la oportunidad” (David Steindl-Rast). Patricia Carola Esteguy, colaboradora de Vivir Agradecidos, da testimonio en primera persona del descubrir las oportunidades que una situación adversa nos ofrece.

[dc]Q[/dc]uién es Dios para cada uno de nosotros? Yo no puedo decir quién es Dios para todos… Lo que sí puedo decir es quién es Dios para mí. Para mí, Dios es definido por el amor. Creo que la palabra “amor” es un concepto mucho más universal que “Dios”; es algo que todos podemos entender.

[quote author=»Viktor Frankl» bar=»true» align=»right» width=»275px»]El hombre que se levanta es aún más fuerte que aquel no ha caído.[/quote]Dios nos ama de manera incondicional, y eso es muy difícil de comprender; es algo que los hombres nunca comprenderemos del todo. El amor de Dios es un amor tan perfecto, que no necesita nada de mí para amarme; me ama por ser su hijo. El amor que como madre tengo por mis hijos es para mí lo que más se acerca a un amor incondicional. Los padres continuamos amando a nuestros hijos a través de los buenos y malos tiempos, y no dejamos de amarlos aunque no cumplan las expectativas que tenemos de ellos.

Así, Dios no ama a la persona que quiero ser, ni la que creo ser, ni la que los demás creen que soy, ni a la que hace las cosas bien o mal, ni la que es linda o fea, blanca o negra, rica o pobre. Me ama tal cual soy. ¡Soy una chispa de su amor!

Pero muchos nos debemos preguntar: ¿Por qué si esto parece tan simple, y si Dios es un Dios de amor, existe el dolor y el sufrimiento?

Hace cuatro años, en enero de 2013, me diagnosticaron ELA. La Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA, es una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular. Se origina cuando unas células del sistema nervioso llamadas motoneuronas disminuyen gradualmente su funcionamiento y mueren, provocando una parálisis muscular progresiva de pronóstico letal: en sus etapas avanzadas los pacientes sufren una parálisis total. Es una enfermedad que hasta el momento no tiene cura, ni medicación, ni tratamiento efectivo; solo paliativo.

¿Qué sentí cuando me enteré? Curiosidad, miedo, angustia, frustración, dolor, negación. ¿Qué no sentí? Enojo, ¡y menos enojo con Dios! Pensé: ¿Por qué NO a mí? Si tengo que transitar esto, mejor lo hago de la mano de Dios. Él sabrá de qué manera acompañarme. Me entrego en sus manos de Padre. ¡Qué bien me vino la imagen de mi padre que había atesorado en mi niñez!

Mi entrega y mi confianza en estos años no fue siempre la misma. Sobre todo cuando los síntomas avanzaban cruel y despiadadamente, aparecía la duda, sobre todo acerca de las propias fuerzas. El primer año aparecía la palabra confianza en todas partes. Durante más de un año me levantaba de la cama por las mañanas y decía: “Hoy estoy curada, y salgo caminando”. ¡Pero esto no sucedía! Lentamente me di cuenta de que mi fe estaba puesta en esperar un milagro, más que en una entrega confiada. Entendí, no sin dolor, que a veces la voluntad de Dios es diferente a la nuestra, que no siempre nuestros tiempos son los de Dios. Y cuando me invade la angustia, el miedo o la frustración, repito: ¡Confía!

[quote author=»Viktor Frankl» bar=»true» align=»right» width=»285px»]Circunstancias externas pueden despojarnos de todo, menos de una cosa: la libertad de elegir cómo responder a esas circunstancias.[/quote]¿Cuáles son mis síntomas actuales? Pérdida de masa muscular, debilidad, rigidez y parálisis parcial por momentos en todo el cuerpo. Perdí desde un principio la estabilidad, y con el tiempo empecé con problemas en la deglución y progresiva rigidez en la lengua, con la consiguiente dificultad en el habla. Ya casi he perdido toda autonomía. Una gran poda, sin duda. Me caí y golpeé muy fuerte muchas veces, pero me levanté también todas las veces… como pude: reptando, colgándome de algo si estaba sola, pidiendo ayuda si había alguien. ¡Siempre se puede! “El hombre que se levanta es aún más fuerte que aquel no ha caído” (Viktor Frankl).

Cuántas veces uno da por sentado que las cosas que tiene le pertenecen y estarán allí para siempre; no sólo las cosas materiales, también los afectos, los vínculos, la salud, hasta que un día confrontamos con la posibilidad de perderlas, y es entonces donde quisiéramos volver las agujas del reloj para atrás. Pero el tiempo nunca vuelve para atrás. Es allí donde tomamos conciencia de todo que la vida nos había prestado. Nada nos pertenece, todo en la vida es prestado.

Sin embargo, ¿dónde puedo encontrar el amor de Dios en este desierto? ¿Cómo puedo construir confianza desde el dolor? Primero tuve que re-aprender a ver. Ver mi realidad con los ojos del alma. Este ha sido un tiempo de grandes aprendizajes:

1. Aprendí a aceptar. No como un punto de llegada, sino como un punto de partida.

2. Aprendí a vivir en el presente. Vivir en el “hoy” me permite aprovechar y disfrutar todo lo lindo que tengo a mi alrededor hoy. Aprendí qué el hoy es prestado. Trasladarme al mañana me provoca muchas veces dolor, porque pienso en las cosas que no podré ver, hacer o disfrutar. Ojalá todos pudiésemos comprender que el mañana es un misterio y una ilusión, que quita energías y aparta de la fe.

3. Aprendí a pedir ayuda. ¡Cuánto de ego ponemos a nuestros días! Hoy la vida me llama a necesitar del otro, a dejar de lado toda omnipotencia, y saber pedir y aceptar ayuda.

4. Aprendí que puedo ser canal para que otros ayuden. Creo que cuando uno se deja ayudar, también le permite al otro colaborar en este camino. Nunca sentí que la gente me tiene lástima; tengo la suerte de sentir que tienen compasión. Esta nace de la ternura, y da mucho calor al alma. Hoy yo vivo la “com-pasión” de tantos que me dan tan generosa y abundantemente. Es que en el amor… ¡todo es abundancia!

5. Aprendí a ofrecer mi dolor. Cuando realmente estoy muy mal, sobre todo frustrada o angustiada, aprendí a darle un sentido a estas emociones.

6. ¡Aprendí que el amor a veces también duele!

7. ¡Pero aprendí que el amor fundamentalmente sana!

8. Aprendí a dar las gracias en todo tiempo, ya que la vida está compuesta de instantes.

Cuando me dicen que mi fuerza y determinación por darle pelea a la enfermedad y no bajar los brazos, mi actitud esperanzada y mi alegría en el dolor les sirve de ejemplo y motivación para vivir mejor, para aprovechar el hoy, me resulta difícil de entender. No me siento ejemplo de nadie, y menos modelo. Vivo esto desde una total humanidad, a veces bien, a veces mal.

El dolor existe, pero el sufrimiento existe solo cuando nos resistimos al dolor. Al dolor hay que transitarlo. Es muy probable que yo no vaya a poder cambiar la enfermedad; la realidad no siempre cambia como nos gustaría. Solo podemos cambiar lo que nosotros vemos de esa realidad. “Circunstancias externas pueden despojarnos de todo, menos de una cosa: la libertad de elegir cómo responder a esas circunstancias” (Viktor Frankl).

En la vida espiritual, si me quedo donde estoy, mi alma se hace más raquítica, envejece. Hoy debo crecer a través de una gran poda. Y yo, por supuesto, me resisto. Sí, me resisto y pido por el milagro. Creo que en algún punto todos nos resistimos a la poda porque duele, porque nos da miedo, porque es más cómodo quedarse donde uno está, porque es más seguro aferrarse a lo conocido, porque avanzar cansa. Pero como en un jardín, cuanto más se poda, más se fortalece la planta.

Estos largos años de poda han sido de mucho dolor, pero también de gran aprendizaje. Aprendí a desapegarme de casi todo lo que es secundario, intrascendente, superfluo. Aprendí que al final del camino solo queda lo importante, los afectos, lo que uno edificó a través del amor. Que a todo ese tiempo que uno invirtió en amar, y que a veces parecía malgastado o poco productivo, hoy le ha llegado la época de la cosecha. Este largo camino me ha hecho una mejor persona.

Creo que soy una privilegiada en haber tenido la certeza del amor de Dios en muchos momentos lindos y alegres, y también en estos días, a pesar de mis quebrantos, debilidades y dolores. ¡Deseo que tengas experiencia de un Dios que te abraza con el fuego de su amor!

Patricia Carola Esteguy


Patricia Carola Esteguy es abogada. Actualmente se desempeña como coordinadora general del jardín de infantes Maximiliano Kolbe (Argentina), que construye cimientos para una educación de excelencia para los niños de menos recursos.


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Comments(3)

  1. REPLY
    Silvia rivas says

    Sos una podadora del dolor , ver con garra ,perseverancia y fe el cada día te hace más fuerte y valiente un gran abrazo. Se de tu fortaleza y admiración por lizzy

  2. REPLY
    Silvia Austerlic says

    Muy impresionante!! Interesante q lo q contrarresta al dolor es el aprendizaje, la sabiduría y el amor que fortalecen la fe y la determinación de seguir adelante, momento a momento. Qué maravilla poder ver el lado lleno de la vida. Un gran regalo para tod@sc

  3. REPLY
    Adriana Zambrano says

    Increíble tu artículo es in canto a la esperanza a pesar de todo gracias por hacernos ver lo que no vemos y gracias por vivir de esta manera tan heroica todo lo que te va pasando sos una santa moderna una heroína un modelo un sol Dios te bendiga y te premie un día más de lo que te imaginas. Suerte y fuerzaaa

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