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Luego viene la tercer pregunta: cómo. Toda persona tarde o temprano se pregunta “¿Cómo puedo vivir?” “¿Cómo puedo hacer tal o cual cosa?” En última instancia, este “¿cómo?” no tiene respuesta. Es la pregunta que concierne nuestro vivir; no podemos pretender encontrarle explicaciones a la vida, sino simplemente vivirla.

No busquemos entender la vida orientándonos con un mapa; como decía al principio, hemos superado la época de los mapas. La época actual es la época de las relaciones. Mediante la primer pregunta, por qué, podemos entendernos a nosotros mismos en relación con aquel Silencio que todo lo penetra, y del cual todo proviene. Ese silencio es la nada, pero no una nada vacía, sino una nada fértil, a partir de la cual surgen todas las cosas. El qué hace relación a todas las cosas o palabras que surgen de ese silencio, de esa nada. Y el cómo nos guía a la vida, entendida como una respuesta a dichas palabras.

Nuestra tarea consiste en escuchar atentamente cada palabra con la que nos encontramos, y responder a ella. A cada momento nos encontramos en la encrucijada de estos dos ejes de relación: el eje vertical que nos conecta, mediante el por qué, con el Silencio; el eje horizontal que nos conecta, mediante el qué, con todo lo que existe. Situados en esta encrucijada, nos preguntamos cómo. “¿Cómo debo vivir?” La respuesta es: escuchemos cada palabra que nos interpela y respondamos a ella viviendo en plenitud; demos una respuesta plena al momento presente. Podemos hacerlo mediante el detenernos, para escuchar el por qué; mirar para observar el qué; y actuar, es decir, respondiendo a la pregunta cómo. ¿Cómo vivir? Con amor; es decir, estableciendo una relación con todo lo que existe.

Fe, esperanza, amor

caridad 230Cuando hablamos acerca de nuestra búsqueda de felicidad, dimos un método sencillo que consiste en detenernos, mirar y actuar. Luego vimos que uno de los grandes anhelos en nuestra época actual es no solo encontrar la felicidad y la paz, sino también una orientación para la vida, ya que en la actualidad mucha gente vive desorientada. Tenemos entonces el detenernos-mirar-actuar, y el por qué-qué-cómo. Ahora pasamos a otro nivel, en el que nos preguntamos cómo podemos experimentar esto en nuestra vida diaria. Una vez más, son tres las actitudes que hacen a una vida plena y feliz. Ellas son la fe, la esperanza y el amor, entendidas correctamente.

El detenernos nos confronta con el por qué, y esta pregunta nos conduce a aquel gran abismo, aquel misterio de la nada, del silencio. En este silencio encontramos una relación, ya que podemos confiarnos en él. En esto consiste la fe: confiar en el Silencio, confiar en ese por qué sin respuestas, confiar en la Fuente de la vida. La fe entonces es esta confianza. Aquí tenemos que hacer una distinción: la fe no consiste en determinadas creencias, pese a que muchos de nosotros identificamos a la fe con asentir a tal o cual creencia. Tener fe no es creer en algo, sino confiar en algo; y este algo en quien confiamos es la vida. Así, mientras que las creencias particulares nos dividen, la fe verdadera tiene el potencial de unir a todos los seres humanos.

Lo opuesto a la fe, por lo tanto, no es el descreimiento o la falta de fe, sino el temor. El temor es la raíz de todos los males, ya que el temor nos hace hostiles. El temor nos hace buscar ponernos por encima de los demás; el temor de que los recursos no alcancen para todos nos hace avaros. De este modo, el temor es la raíz de todos los males que encontramos en la vida. Este temor es opuesto a aquella confianza con la cual nos entregamos al Silencio que nos sostiene.

Si tenemos esta confianza (que se da cuando nos detenemos), podemos mirar, podemos confiar en la vida. Al mirar, nos damos cuenta de que la vida siempre nos sorprende. Esta es la gran cualidad de la vida: la sorpresa. Si algo está vivo nos sorprende; mientras que si no hay vida no hay sorpresa. Todo lo que es mecánico no nos sorprende porque obra siempre de la misma manera, mientras que la vida, con sus cambios de rumbo, siempre nos sorprende. La esperanza es la actitud por la cual nos abrimos a las sorpresas que la vida nos depara; y así como hicimos una distinción entre fe y creencias, también debemos distinguir entre esperanza y expectativas. Las expectativas se refieren a aquello que podemos llegar a imaginarnos, mientras que la esperanza (actitud básica frente a la vida), es apertura a lo inimaginable. Si esperamos algo que imaginamos, se trata de una mera expectativa; pero la Esperanza es estar abiertos al misterio, a la gran sorpresa de la que surge todo lo que nos rodea.

[quote author=»» bar=»true» align=»left» width=»370px»]Amar significa danzar con todos, interactuar con todos. Nos pertenecemos, con los que nos agradan y con los que nos desagradan, y juntos formamos una gran danza. Esta danza representa la vida en plenitud, y es una danza que podemos aprender si aprendemos a detenernos, mirar y actuar.

Esta esperanza es lo opuesto a la desesperación. Una vez más, lo opuesto a la esperanza no es la falta de esperanza, sino la desesperación. La vida siempre nos depara situaciones en las que nuestras expectativas se derrumban, pero aún así podemos tener esperanza, ya que, ante el derrumbe de lo que habíamos imaginado, podemos permanecer abiertos a lo que no nos imaginamos. En esto consiste la verdadera esperanza. La desesperación conduce a la apatía y a la muerte, ya que todo lo que no nos sorprende está muerto, mientras que la esperanza nos lleva a la vida y a la alegría. Hay un hermoso pasaje en un poema de Mary Oliver titulado “Cuando llegue la muerte”. Dice ella: “Cuando llegue la muerte, voy a cruzar aquel umbral llena de curiosidad”. Esto es tener esperanza. Y añade: “Cuando llegue mi fin, espero poder decir: toda mi vida fui una esposa casada con el asombro; fui un esposo que cargó al mundo en sus brazos”. Ésta es la actitud de aquella esperanza que consiste en estar abierto a la sorpresa.

Cuando nos detenemos y miramos, descubrimos la sorpresa; escuchamos aquella Palabra que proviene del Silencio y que es siempre sorprendente. Esta Palabra es la respuesta a nuestro qué. Es una respuesta que se nos da, no para que la comprendamos, sino para que la vivamos estando abiertos a la sorpresa. La tercer pregunta, correspondiente al actuar, es la pregunta cómo. ¿Cómo responder a esa palabra que nace del silencio? La respuesta es: por medio del amor. El amor es, una vez más, algo diferente del concepto que solemos tener de él. Usualmente pensamos que el amor es tener preferencia por esto o por aquello. Pero el amor no es preferencia, sino que el amor es un sí a la pertenencia.

Podemos aplicar esta definición a cualquier situación en la que hablamos de amor. Hay muchas clases de amor: el amor entre esposos, el amor de padres a hijos, el amor entre hermanos, el amor de los humanos a los animales y a las plantas, el amor a la patria, al hogar, a la familia… miles de amores diferentes; y sin embargo, todos ellos pueden definirse como un sí a la pertenencia. Se trata de un sí dicho no solo con los labios, sino con los hechos. Sí, pertenecemos juntos, y actuamos siendo conscientes de esa pertenencia. Expresamos nuestra pertenencia en el modo en que nos comportamos.

Una vez más, lo opuesto al amor no es el odio, ya que hay veces en que incluso no sabemos si amamos u odiamos a alguien, ya que entre amor y odio hay una delgada línea… Incluso hay una frase de los Salmos que dice “odio a mis enemigos con un odio perfecto”. Ante el mandato “amen a sus enemigos”, ¿cómo podríamos cumplirlo si no tuviéramos enemigos? Si no los odiáramos con un odio perfecto, no serían nuestros enemigos. Sin embargo, dentro del odio hay lugar para el amor entendido como un sí a la pertenencia. Podemos decirle a un enemigo: “Sí, nos pertenecemos, pero buscamos cosas totalmente opuestas; por lo tanto voy a hacer todo lo posible por frustrar tus intenciones. Si lo que buscas es destruir el medio ambiente, eres mi enemigo, y te voy a tratar como tal, aunque con amor. Nos pertenecemos; yo no sería yo, un defensor del medio ambiente, si no existieras tú, y como enemigos nos pertenecemos”. Así, vemos que el odio no es incompatible con el amor.

Lo que sí es incompatible con el amor es la indiferencia, el decir “no me importa”. La indiferencia es también la causa de todos los males del mundo. Por ejemplo, ser indiferentes ante el dolor ajeno, ante tantos niños que mueren de hambre mientras nosotros tenemos tantas cosas… Esto es apatía, mientras que el amor dice “nos pertenecemos, y voy a hacer todo lo posible por ayudar, y lamento no poder hacer más”. El que alguien nos desagrade, o incluso la enemistad, son cosas inevitables en la vida; pero la apatía es algo optativo. Siempre va a haber alguien que no nos cae bien, pero podemos superarlo mediante el amor. “No me gusta esto o lo otro, pero nos pertenecemos, y por lo tanto voy a tratar de manejar la situación”. De esta forma podemos superar todos los males que son fruto de la indiferencia: la frialdad, la alienación, la soledad. Hay tanta soledad en el mundo, producto de la indiferencia…

Amar, por el contrario, significa danzar con todos, interactuar con todos. Nos pertenecemos, con los que nos agradan y con los que nos desagradan, y juntos formamos una gran danza. Esta danza representa la vida en plenitud, y es una danza que podemos aprender si aprendemos a detenernos, mirar y actuar. Podemos formar parte de esta danza preguntándonos por qué, qué y cómo, y dejando que estas preguntas nos conduzcan al gran misterio, al silencio del cual nace la palabra, y que mediante la comprensión (nuestra acción) retorna al silencio. A esto lo logramos mediante nuestra fe en el silencio, nuestra confianza existencial en el Silencio; mediante nuestra esperanza, nuestra apertura a la Palabra expresada en todo lo que existe; y mediante nuestro amor, nuestro sí a la pertenencia, nuestra interacción con todas las cosas en esta gran Danza del universo. El detenernos, mirar y actuar nos lleva a formar parte de esta gran danza.